Una joroba, un salto, una advertencia: lo que nos están diciendo las ballenas en las costas mexicanas. Sobre esto nos habla el experto Christian Ortega de la Universidad de Colima.
La respuesta es simple: una curvatura antes de la aleta dorsal, parecida a una joroba. Pero esa característica física es apenas la puerta de entrada a la historia de una de las especies más carismáticas, vulnerables y cercanas al ser humano en el océano: la ballena jorobada, o Megaptera novaeangliae, como se le conoce en el ámbito científico.

Las ballenas jorobadas en México son visitantes estacionales. Cada año, de diciembre a abril, migran desde las aguas frías del Pacífico Norte (Alaska, Canadá, Estados Unidos) hasta las templadas costas del Pacífico mexicano para aparearse, parir y amamantar. Son capaces de recorrer hasta 8,000 kilómetros en una sola temporada migratoria.
En esta migración, las costas mexicanas juegan un rol crucial. Zonas como Bahía de Banderas, Bahía Magdalena, Los Cabos, Colima, Oaxaca y Nayarit se vuelven escenario de sus cantos y acrobacias. Allí, muy cerca de la costa, estas ballenas pueden observarse saltando, golpeando el agua con sus enormes aletas —que pueden medir hasta cinco metros— y cuidando a sus crías.
Según estudios científicos recientes, México recibe entre 12,000 y 15,000 ejemplares por temporada. Gracias a décadas de protección tras la prohibición de la caza comercial en 1986, su población se ha recuperado parcialmente. En los años 60, quedaban menos de 10% de los individuos originales.

Uno de los especialistas que ha seguido de cerca esta recuperación es el oceanólogo Christian Ortega, investigador de la Universidad de Colima. Desde hace 15 años, Christian ha documentado la presencia y comportamiento de ballenas jorobadas, orcas y delfines en las costas colimenses.
“Desde hace 15 años ha sido el monitoreo para averiguar aspectos poblacionales y ecológicos básicos: saber dónde estaban, cuándo estaban, quiénes, en qué cantidad, qué hacían por estas costas de Colima y también qué factores humanos pudieran ser disturbios para estas especies”, explica.
Hoy, el segmento poblacional que se distribuye frente a las costas de México se considera en riesgo menor, principalmente por su abundancia. “Hace muchas décadas se estimaban que eran muy pocas ballenas, menos de 3,000. Hace algunos años hubo estudios por colegas de la Universidad de Baja California Sur que ya estimaban alrededor de 9,000 o 10,000. Hoy se estiman entre 12,000 y 15,000 en aguas mexicanas”, detalla Ortega.
“La ballena jorobada es un emblema importante porque también fue muy afectada por la caza, porque su distribución es muy costera”, dice. “Podemos ver cada invierno y primavera ballenas jorobadas desde la península de Baja California hasta Oaxaca, inclusive pueden ir más al sur hasta Centroamérica. Y lo hacen muy cerca de las playas”.
Sin embargo, alerta sobre nuevas amenazas: “Hay otras actividades humanas que están creciendo: la contaminación, turismo irresponsable, más tránsito marítimo. Tenemos que reevaluar esas actividades humanas e integrarlas con el conocimiento poblacional para saber realmente qué está sucediendo”.
Un punto clave es el avistamiento de ballenas, actividad regulada por norma oficial mexicana. “En teoría es una actividad sin dañarlas, pero a la falta de vigilancia por las autoridades o a la falta de conciencia ambiental, muchas veces no se respetan estas regulaciones”, comenta. “Tenemos varias embarcaciones amontonadas sobre una sola ballena que está haciendo su actividad reproductiva y, más aún, si es una madre con cría. Que está dándole de comer, lactando al animal, preparándola, entrenándola para hacer su migración de más de 10,000 kilómetros hacia el norte”.
México recibe entre 12,000 y 15,000 ejemplares de ballenas jorobadas cada año
“Tenemos ballenas con heridas de propela, ballenas con golpes de embarcaciones. Y a eso es a lo que nos referimos con turismo irresponsable”, señala. Aun así, reconoce que hay ejemplos positivos: “Tenemos el avistamiento de ballenas grises en las lagunas de Baja California Sur, por las cooperativas, manejado de manera formidable. También en Loreto con ballena azul, donde los lugareños se han organizado muy bien, han trabajado de la mano con investigadores y con la CONANP”.
Otro frente de preocupación es la expansión portuaria. “En Manzanillo se va a ampliar el puerto. Va a haber más tránsito marítimo, lo cual es propenso a causar colisiones, pero también genera ruido. Ambos son disturbios importantes en la región”, advierte.
Este conocimiento acumulado ha servido para proponer medidas concretas. “Hemos sugerido a las autoridades portuarias los sitios donde hemos visto más agregaciones de ballenas, sitios donde vemos madres con cría, y donde podemos pedir que los barcos naveguen a una velocidad más baja”, explica. “Ha tocado que un barco lleno de carga tiene que esperar a que se mueva la ballena para poder ingresar al puerto. Y eso es posible gracias a la investigación”.

A pesar del esfuerzo, la situación es ambigua. “A veces me pongo muy contento porque digo: bueno, van a tener buen futuro, estamos haciendo muchas acciones. Pero a veces me pongo triste porque estamos haciendo una invasión tremenda al hábitat de estas especies”.
Ortega considera que el futuro de estas ballenas dependerá de la voluntad colectiva: ciencia, autoridades y sociedad. “La conciencia ambiental que tenga la sociedad y también las decisiones de las autoridades para apostarle más a la investigación tienen que ir de la mano para que haya soluciones concretas”.
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