En la crisis climática, solemos enfocarnos en datos científicos, estadísticas alarmantes y políticas ambientales, pero rara vez hablamos de cómo nos hace sentir. ¿Qué impacto tienen en nuestra psique la degradación ambiental, la pérdida de ecosistemas y el cambio en el entorno que habitamos? Para responder a estas preguntas, en Celsius Talks conversamos con Mariana Pelayo, investigadora de la Universidad de Nayarit y experta en comunicación ambiental.
“La crisis climática no solo es un fenómeno físico o económico, también es una crisis emocional”, explica Pelayo. “Desgraciadamente, no tenemos un lenguaje íntimo para hablar de cómo se siente el cambio climático. Nos falta un vocabulario que exprese esa angustia, esa tristeza o esa desesperanza que genera la degradación del planeta”.

Las emociones del cambio climático
Uno de los conceptos que destaca la investigadora es el duelo ecológico, una sensación de pérdida provocada por la desaparición de ecosistemas, especies o paisajes familiares. “Es esa nostalgia sutil cuando vemos que el mundo natural ya no es como antes. Puede ser porque notamos menos aves en nuestra ciudad, porque un río se ha secado o porque los veranos son cada vez más insoportables”, describe Pelayo.
Otra emoción clave es la solastalgia, que es el estrés o la angustia al ver nuestro entorno transformado negativamente. “No es lo mismo preocuparse por el cambio climático viendo noticias en una pantalla que experimentarlo directamente cuando un huracán destruye tu comunidad, cuando un bosque desaparece o cuando una sequía te deja sin agua”, señala la investigadora.

A estos sentimientos se suman barreras psicológicas que impiden la acción climática, como la ecoansiedad (preocupación excesiva por el futuro del planeta), la ecoindefensión (el pensamiento de inutilidad de nuestras acciones, por ejemplo: “de qué sirve que yo ahorre agua si las industrias siguen contaminando”) o el ecofatalismo (“ya no hay nada que hacer, el daño está hecho”). Estos bloqueos, advierte Pelayo, pueden llevarnos a la inacción y el pesimismo.

Esperanza activa y soluciones colectivas
Pero no todo es negativo. Pelayo enfatiza la importancia de generar una esperanza basada en la acción colectiva. “Las emociones pueden potenciarnos o paralizarnos. Si entendemos que hay soluciones y que la acción conjunta sí tiene impacto, podemos transformar el miedo en cambio”. Ejemplos de esto son comunidades indígenas que han recuperado suelos degradados a través de prácticas ancestrales o grupos juveniles que han impulsado políticas ambientales en sus países.
Además, la investigadora resalta un concepto clave: el Green Warm Glow, una sensación de bienestar que surge cuando actuamos de manera responsable con el planeta. “Nos sentimos bien cuando reciclamos, cuando cerramos la llave para ahorrar agua, cuando apoyamos proyectos de conservación. Esa satisfacción emocional es una poderosa herramienta para impulsar cambios de comportamiento”.
El reto, concluye Pelayo, es encontrar formas de canalizar estas emociones hacia la acción. “El cambio climático no es solo un problema de ciencia o política, es un problema humano. Y la manera en que lo enfrentemos emocionalmente definirá nuestro futuro”.
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